Cómo se obtiene un diagnóstico de Déficil de atención e Hiperactividad
Existe una amplia variedad de herramientas para el diagnóstico. Entre ellas encontramos diferentes paradigmas de continuous performance tests (CPTs), en los que se pide al niño que mantenga la atención sobre una pantalla durante un periodo prolongado (habitualmente entre 10 y 20 minutos) mientras responde a una serie de estímulos que aparecen de forma continua. Por ejemplo, puede indicarse que pulse una tecla (como la barra espaciadora) cada vez que aparece un estímulo determinado, pero que inhiba la respuesta cuando aparece otro estímulo concreto (por ejemplo, la letra “X”).
Otras herramientas más recientes, como Nesplora AULA o Nesplora AQUARIUM, siguen esta misma lógica de evaluación, pero la trasladan a entornos más complejos y cercanos a la vida real mediante el uso de tests con realidad virtual. Un metaanálisis que comparó CPTs basados en realidad virtual con CPTs tradicionales encontró que los entornos virtuales diferencian de forma fiable el rendimiento atencional entre niños con y sin TDAH, con implicaciones positivas para la validez ecológica (Parsons et al., 2019).
Todas estas pruebas comparten un mismo objetivo: aportar información cuantificable sobre el funcionamiento atencional del niño y contribuir al proceso de valoración diagnóstica del TDAH. Sin embargo, esta diversidad de herramientas plantea un dilema importante para clínicos, educadores e investigadores: ¿qué peso deben tener realmente estas pruebas en el diagnóstico? ¿Hasta qué punto podemos apoyarnos en ellas para tomar una decisión diagnóstica?
Criterios para el diagnóstico de TDAH según el DSM-5
Este debate no es nuevo. En 2019, Russell A. Barkley abordó esta cuestión de forma directa en su artículo “Neuropsychological testing is not useful in the diagnosis of ADHD: Stop it (or prove it!)”.
El título, deliberadamente provocador, podría llevar a interpretar que las pruebas neuropsicológicas no tienen utilidad en absoluto. Sin embargo, su argumento es más matizado y, sobre todo, más relevante para la práctica clínica: el diagnóstico del TDAH no puede basarse en pruebas objetivas de forma aislada.
Esto no implica que estas herramientas no aporten valor, sino que su uso como criterio único es insuficiente. ¿Por qué? Porque el TDAH no es simplemente un déficit en una función cognitiva concreta medible en laboratorio, sino un trastorno del neurodesarrollo que se manifiesta de forma persistente en la vida cotidiana.
Para entender esta limitación, es útil pensar en ejemplos clínicos concretos. Imaginemos a Lucas, un niño que obtiene un rendimiento normal en un CPT: responde con precisión y comete pocos errores. Sin embargo, durante la prueba se levanta varias veces, pregunta cuándo va a terminar y necesita un descanso antes de continuar. En su día a día, además, tiene dificultades para permanecer sentado en clase e interrumpe con frecuencia. Si nos basáramos únicamente en el test, podríamos pasar por alto un perfil compatible con TDAH (falso negativo). Este escenario es consistente con los datos del metaanálisis de Arrondo et al. (2024), que reporta una sensibilidad de 0.75 para los CPTs comerciales, lo que implica que aproximadamente 1 de cada 4 niños con TDAH podría no ser detectado por la prueba.
En el extremo opuesto está Martina, que muestra en la prueba tiempos de respuesta más lentos, algunas omisiones y un empeoramiento conforme avanza la tarea. Sin embargo, en su vida cotidiana no presenta dificultades: ni en casa ni en el colegio se observan problemas de atención, cumple con sus tareas sin retraso y su rendimiento académico es adecuado. Suele ser descrita como una niña introvertida, “en su mundo”, pero funcional. En este caso, el test podría sugerir dificultades que no tienen un impacto clínico real (falso positivo). La especificidad reportada de 0.71 (Arrondo et al., 2024) confirma que casi 3 de cada 10 niños sin TDAH podrían obtener resultados sugestivos del trastorno.
Estos ejemplos ilustran un punto clave: el rendimiento en una tarea estructurada no siempre refleja el funcionamiento del niño en contextos reales. Y es precisamente esa discrepancia la que hace necesario interpretar cualquier resultado dentro de un marco clínico más amplio.
Limitaciones en la valoración clínica del TDAH
Esta idea no surge sólo de la observación clínica, sino que cuenta con un respaldo empírico claro. En un metaanálisis reciente en el que tuve la oportunidad de colaborar (Systematic Review and Meta-Analysis: Clinical Utility of Continuous Performance Tests for the Identification of ADHD), analizamos la utilidad clínica de los CPTs en la identificación del TDAH.
Los resultados muestran una realidad clara: incluso en las mejores condiciones, estas pruebas presentan una capacidad diagnóstica limitada. Por ejemplo, cuando se utilizan índices globales de rendimiento, los CPTs identifican correctamente aproximadamente el 75% de los niños con TDAH (sensibilidad) y descartan correctamente alrededor del 71% de los niños sin TDAH (especificidad).
Es decir, aproximadamente 1 de cada 4 niños con TDAH podría no ser identificado, mientras que cerca de 1 de cada 3 niños sin el trastorno podría obtener un resultado compatible con el TDAH.
Ahora bien, herramientas más recientes como Nesplora AULA permiten innovación en el enfoque: muestran capacidad para discriminar entre presentaciones clínicas del TDAH y controles, diferenciando las presentaciones hiperactivas/impulsivas y combinadas respecto al grupo control (Areces et. al, 2018). Además, AULA, ha demostrado validez convergente con el Conners`CPT, con la ventaja adicional de diferenciar entre niños con TDAH (≈90%) con y sin tratamiento farmacológico en un rango amplio de medidas (inatención, impulsividad, velocidad de procesamiento, actividad motora y calidad del foco atencional) (Diaz-Orueta et. al, 2024). Esta mejora en la capacidad discriminativa de AULA respecto a los CPTs tradicionales es plausible, sin embargo, la magnitud exacta de esa mejora debe respaldarse con las cifras verificables correspondientes.
Sin embargo, incluso con estos avances, la conclusión sigue siendo la misma: ninguna herramienta objetiva es suficiente por sí sola para establecer un diagnóstico. En este contexto, la clave está en seleccionar herramientas que permitan comprender mejor el funcionamiento del niño en la vida real y que maximicen la capacidad de detección del TDAH, integrándolas siempre dentro de un proceso diagnóstico global (Arrondo et al., 2024).
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